LITUANIA COMBATE EL CAMBIO CLIMÁTICO (Y DE PASO, LOS TANQUES RUSOS)

LITUANIA COMBATE EL CAMBIO CLIMÁTICO (Y DE PASO, LOS TANQUES RUSOS)

Hubo un tiempo en que la guerra se ganaba a golpe de hormigón, búnkeres y alambradas. Hoy, en pleno 2026, Lituania ha decidido que su mejor arma de ingeniería defensiva no la va a fabricar una siderúrgica, sino la mismísima madre naturaleza. El plan es tan brillante como inesperadamente verde: restaurar sus antiguos turbales y marismas para frenar el cambio climático y, si las cosas se ponen feas, hundir literalmente los tanques de Moscú.

Para entender esta carambola geopolítica hay que viajar a los bosques a una hora de Vilna. Allí, las excavadoras no están cavando trincheras tradicionales, sino destruyendo los canales de drenaje que la Unión Soviética instaló a mediados del siglo pasado. Los soviéticos, en su obsesión por la productividad agrícola, secaron miles de hectáreas de humedales. Convirtieron un ecosistema esponjoso e impracticable en tierra firme. Décadas después, el gobierno lituano se ha dado cuenta de que revertir esa herencia es un negocio redondo. Una turbera sana es, esencialmente, un lodazal estancado, ácido y de una densidad traicionera. Desde el punto de vista ecológico, estos espacios son auténticos pulmones inversos: aunque apenas cubren el 3% de la superficie terrestre del planeta, almacenan el doble de carbono que todos los bosques del mundo juntos. Cuando se secan, ese carbono se oxida y se libera a la atmósfera en cantidades industriales. Así que volver a inundarlos es una victoria climática.

Además, y mirando de reojo al peligroso Putin, un blindado moderno de 60 toneladas no puede rodar sobre un suelo que tiene la consistencia de un flan. «La infantería y el medio ambiente deben ser amigos», ha dejado caer el ministro de Medio Ambiente lituano, Kastytis Žuromskas. Y no le falta razón económica ni estratégica: restaurar una hectárea de marisma es infinitamente más barato que sembrarla de minas y, por si fuera poco, la naturaleza no requiere mantenimiento ni se queda obsoleta.

Esto del «ejército del pantano» no es un invento actual. Por ejemplo, en 1236, en la Batalla de Saule, los caballeros de la Orden de los Hermanos de la Espada (los cruzados del Norte) fueron atraídos por los lituanos hacia zonas pantanosas. Con sus pesadas armaduras de hierro, terminaron hundiéndose en el lodo, donde fueron masacrados. Y sin ir tan lejos, en 2022, al inicio de la invasión rusa a Ucrania, la voladura controlada de una presa en el río Irpín inundó las marismas al norte de Kiev, paralizando la columna de blindados rusos que quedó atascada en el barro y arruinando el plan del Kremlin de una victoria relámpago.

Países vecinos como Polonia o Finlandia están estudiando la misma jugada en el flanco este de la OTAN. Crear una barrera natural que obligue a cualquier ejército invasor a embotellarse en estrechos pasillos de tierra firme, donde esperarlos con la artillería bien apuntada. Lituania está demostrando que, a veces, la mejor forma de proteger las fronteras y salvar el planeta es, sencillamente, dejar que la tierra vuelva a ser el pantano indomable que siempre fue.

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