David Bowie no esperaba siempre a que la inspiración apareciera ordenada

David Bowie no esperaba siempre a que la inspiración apareciera ordenada. A veces la cortaba en pedazos, la mezclaba al azar y buscaba entre el caos una canción que todavía no existía.

No tuvo un único método para componer.

Muchas de sus primeras canciones nacieron de una forma tradicional: una progresión de acordes en la guitarra o el piano, una melodía y después las palabras. Sin embargo, el productor Tony Visconti recordaba que Bowie a menudo llegaba al estudio con ideas incompletas, títulos provisionales o apenas una estructura musical.

En ocasiones esperaba hasta sentir la presión del último momento para terminar la letra.

Durante las sesiones de The Man Who Sold the World, algunas canciones surgieron directamente de improvisaciones del grupo. Bowie podía salir unos minutos al pasillo, regresar con un texto recién escrito y grabar la voz poco después.

Pero su procedimiento más famoso nació de la literatura.

A comienzos de la década de 1970 se interesó profundamente por la técnica del cut-up, desarrollada por Brion Gysin y popularizada por William S. Burroughs. El método consistía en escribir o recopilar frases, cortarlas físicamente y reorganizarlas para producir combinaciones inesperadas.

Bowie no utilizaba necesariamente el resultado como letra definitiva. Lo veía como una herramienta para provocar asociaciones, romper hábitos y descubrir ideas que su pensamiento consciente quizá nunca habría formulado.

Años después llevó el sistema a la computadora.

Con ayuda del programador Ty Roberts desarrolló el Verbasizer, un programa que tomaba palabras y fragmentos de texto, los reorganizaba y generaba nuevas combinaciones. Bowie lo empleó especialmente durante la creación de Outside, publicado en 1995.

En ese álbum, su colaboración con Brian Eno convirtió el estudio en una especie de laboratorio.

Los músicos recibían instrucciones y personajes imaginarios para evitar que tocaran automáticamente los mismos recursos del rock y el blues. Improvisaban desde esas identidades ficticias, mientras Bowie y Eno seleccionaban, reorganizaban y transformaban el material en canciones.

Ese gusto por el accidente ya había aparecido en su trabajo anterior.

Durante la creación de Lodger, Bowie colocó por error una cinta al revés y descubrió una melodía que le interesó. Comenzó a escuchar otras grabaciones de la misma manera y terminó utilizando una versión invertida de All the Young Dudes como punto de partida para Move On.

Sin embargo, también podía comenzar con algo sorprendentemente sencillo.

Cuando presentó Let’s Dance a Nile Rodgers, la interpretó en una guitarra acústica de doce cuerdas que solo tenía seis instaladas. La canción sonaba muy diferente del éxito bailable que el mundo conocería después.

Rodgers reconstruyó el arreglo alrededor de guitarras, bajo y batería. Bowie conservó la canción, pero permitió que otro músico transformara por completo su identidad sonora.

Tampoco todas sus obras fueron creadas rápidamente.

Bring Me the Disco King apareció por primera vez durante las sesiones de comienzos de la década de 1990. Bowie intentó grabarla varias veces, pero no quedó satisfecho. Solo encontró su forma definitiva más de una década después, cuando redujo la velocidad, eliminó gran parte del arreglo y la publicó en Reality.

Su verdadero método no consistía en cortar papeles, utilizar computadoras o esperar hasta el último minuto.

Consistía en no considerar sagrada ninguna primera idea.

Bowie podía desmontar una canción, invertir una cinta, aceptar que un productor cambiara su ritmo o abandonar una composición durante años. Para él, crear no era proteger la inspiración original, sino descubrir hasta dónde podía transformarse.

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